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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Rescates

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Enrique Beltrán

Y el milagro se hizo. Mucho hicieron los seres humanos y la mano de Dios para los creyentes, para que ocurriera. Los treinta y tres mineros que habían quedado sepultados a setecientos metros de profundidad fueron rescatados en toda una operación que poco tiempo atrás parecía una misión imposible. Pero esta vez ocurrió que lo que asomaba como tragedia para aquellos mineros y dolor y llanto para familiares y amigos, terminara por hermanar a todo un pueblo en la alegría de la victoria sobre la adversidad y la muerte. Por eso es que disipada la amenaza, más unido y reconfortado se sintió ese país. La gesta de este rescate es una página que nos recuerdan cuan grande puede ser el valor de la dignidad humana y cuanta grandeza encierra el corazón humano, en circunstancias excepcionalmente dramáticas, cuando se despiertan dimensiones espirituales dormidas en la habitualidad de nuestra rutina, en el disfrute de nuestras diversiones o en el fastidio de nuestras contrariedades.

Cuando a principios de agosto se difundió la noticia que en una mina chilena ocurrió un desplome que había bloqueado a treinta y tres mineros chilenos, atrapados a varios cientos de metros de profundidad, la noticia sacudió y conmovió a Chile. Con el correr de los días habría de proyectarse como el suceso que más atención despertó en el mundo a lo largo de la semana.

El gobierno del Presidente chileno asumió de inmediato una competencia que fue primordial en el manejo de aquel rescate. Demostró con su presencia y su actividad la decisión de emplear todos los recursos, cualquiera fuera su precio y su sacrificio. De lo que se trataba era de convertir la tragedia en ciernes, en fuente de emoción y alegría. Las crónicas del hallazgo más de dos semanas después de la catástrofe, con la noticia de que estaban los treinta y tres mineros con vida, fortaleció una operación de salvataje que convirtió lo que era una condena sin esperanzas, en la alegría, con toques de resurrección. Para ello se dieron cita altos valores del ser humano: coraje y compañerismo erigido ahora por encima de todas las divergencias; la técnica y el valor, el amor a la vida y la serena disposición a perderla en el objetivo perseguido, el olvido de agravios y enconos para confraternizar en un empeño común. Mientras el gobierno asumía una presencia real, una solidaridad integral y la resolución común de un esfuerzo enriquecido por la más avanzada técnica. Ese pueblo hermano que si tuvo la larga pesadilla de Pinochet, la superó con buenos gobernantes que reafirmaron el sendero de una democracia cada vez más ejemplar. La hazaña de este salvataje ha sido objeto de admiración en el mundo. La acción de la presidencia, la devoción de su pueblo, la aplicación de la tecnología en sus creaciones más avanzadas, su presencia como ánimo y lección son episodios que no pueden borrarse por largo rato.

No quiero terminar estas líneas sin recordar nuestra tragedia de Los Andes ocurrida largos años atrás y donde fueron jóvenes compatriotas los que padecieron la caída del avión en la soledad de Los Andes y allí hubo muertos, héroes y víctimas y una liberación que alcanzaron por sí mismos. Los dos accidentes tienen distintas características, pero en ambos sucesos, junto a los desasosiegos e incertidumbres se dieron cita muy altos valores humanos linderos con los milagros. Aunque en uno, con una dolorida siembra inolvidable.