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Enrique Beltrán


Desde el recodo

El enojo

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Enrique Beltrán

Son múltiples los caminos que se transitan para dar por tierra con un régimen democrático. También los hay en mayor cantidad, para erosionar el Estado de derecho, que sin embestir contra aquél, va desarmando sus libertades y sus garantías.

En nuestro continente muchas veces se prodigaron las dictaduras y algunas de ellas, culminaron en despiadadas tiranías. En los últimos años, sin embargo, son los regímenes democráticos los que predominan, aunque algunos con peligrosos falseamientos. Asoman en la gestión de su gobierno, cada vez menos disfrazadas, crecientes pretensiones autocráticas. Creo que la Venezuela de Chávez, que quizás no es el único país, es el ejemplo más representativo de una democracia que va apuntando desde el poder a su asfixia.

No se puede desconocer, que más allá de algunas debilidades, la vocación democrática se ha ido generalizando en el continente, aunque no falten embestidas para ahogarla. No obstante esas acometidas, es una realidad alentadora porque también son muchos los gobiernos que respetan las instituciones y procuran consolidarlas.

Como una excepción a ese panorama se erige el régimen cubano. Con el correr del tiempo se ha ido semejando cada vez más a una pieza de anticuario. Por más que hasta ayer su vitalicia dictadura y sus cada vez más debilitados corifeos que desde otras tierras la acompañaban, creían ser el futuro de la humanidad, el ejemplo a seguir. Todo era válido para alcanzar aquel paraíso que con tanto celo y lucidez estaban construyendo. Pero ese paraíso que se quiso forjar por medio del engaño y la fuerza, no sólo se hizo cada vez más distante, sino que se convirtió en un infiernillo. Así ha ido transcurriendo durante más de medio siglo de la tiranía de los Castros. Es una marca que puede competir con chance de imponerse en la historia de la humanidad, si la disputa es la duración de una personalizada tiranía. Proclamaron que para ello, todo era válido: desde los fusilamientos con teatralidad inclusive, a los encarcelamientos casi de por vida, más las torturas a quienes se manifestaban contrarios a esa mesiánica tiranía. Desde la asfixia de la delación instalada en el aire que se respira, hasta el invisible muro que alzan el acecho y la vigilancia de la opresión. Todo ello, a lo largo de 52 años. Para tanta gente que no ha podido escapar no había otra opción que el aplauso oficialista o el dolorido silencio.

Pero hace pocos días, algo después de la sorpresiva reaparición de Fidel Castro para reconocer el fracaso de su régimen, vino el anuncio del despido de medio millón de cubanos de los cuatro millones de funcionarios de aquel Estado. A los despedidos se les abría las posibilidades de muy acotadas y modestas actividades privadas, que podían ser encaradas en forma personal o en forma cooperativa. Después de más de medio siglo de arbitrariedades, de siembra de mártires en paredones y cárceles, de esparcir tanto la mentira como la calumnia, de encerrar a todo un pueblo a lo largo de los cincuenta y dos años de gobierno absolutista, debió reconocer obligado por el estruendoso fracaso y la miseria de su pueblo, que se había equivocado. Es el momento que ha elegido el legislador comunista Lorier para vociferar contra el gobierno que eligió y al que pertenece su partido. Una de las razones del enojo es que se acepte la rotación de los partidos en el poder. Alumno de Stalin, la clase aquí hace tiempo está cerrada.

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