Antonio Mercader
Uno tras otro, los principales dirigentes tupamaros van dejando sus memorias impresas en libros. Desde los dichos de José Mujica y los escritos de Fernández Huidobro hasta la más reciente y explosiva entrega de Jorge Zabalza, las librerías hacen su verano con testimonios de los ex guerrilleros. Ahora le toca el turno a Julio Marenales quien en un libro de próxima aparición afirma de una vez y para siempre que el objetivo de los tupamaros era la conquista del poder.
Aunque eso es obvio para conocedores de la historia reciente, no lo es tanto para quienes creen que los tupamaros se alzaron contra una dictadura o que fueron la respuesta a una situación de violencia ejercida sobre la izquierda. Ni lo uno ni lo otro sostiene Marenales. Lo que intentaron fue imponerse por las armas al estilo castrista según el cual un grupito de iluminados -el "foco"- podía generar las condiciones para el triunfo de la revolución.
Desde comienzos de la década del 60, Uruguay padeció sus acometidas contra las instituciones. Provenían de militantes de izquierda que, como Marenales, descreían de la "democracia burguesa" y desconfiaban de la opinión ciudadana expresada en las urnas. Así fue que optaron por tomar un atajo para llegar al gobierno, una prédica que caló en un sector de la juventud y que hundió al Uruguay en una dialéctica de agitación y represión concluida con el golpe de Estado de 1973.
Hubo, por cierto, otros factores que empujaron el país al despeñadero, pero la arremetida guerrillera resultó decisiva. Recobrada la democracia en 1985, surgió una literatura que recubrió lo sucedido con un halo de leyenda orlada con un reguero de relatos sobre los abusos perpetrados en las cárceles y las vicisitudes de los guerrilleros vencidos. A ello se añadieron otros intentos de justificación que entreveraron aun más las cosas.
Así por ejemplo, se dijo que los tupamaros fueron "políticos con armas", contradicción absoluta pues la política supone diálogo y negociación en vez de imposición de ideas por la fuerza. También se arguyó que el MLN llegó para contener la represión, la "violencia de arriba" desatada por gobiernos de los partidos tradicionales y grupos de extrema derecha, una explicación huérfana de suficientes datos que la avalen. Lo mismo ocurre con la tesis de que los tupamaros se organizaron para detener un golpe de Estado en ciernes.
Ante esa retórica, con la contundencia de un "picapedrero" -como por momentos se autodefine Marenales-, el veterano dirigente sentencia que "el MLN fue creado para la toma del poder". Así nomás, tal como fue en la realidad y como surge de los primeros manifiestos del movimiento como aquella "carta de El Pinar" difundida a mediados de los años 60, en donde anunciaban haber "iniciado una lucha en la que nos va la vida, lucha que se detendrá sólo con la victoria o la muerte".
Una lucha por adueñarse del gobierno de un país que, pese a sus debilidades, albergaba una sociedad libre y democrática. Por eso, en medio de tanta cortina de humo levantada en torno a los tupamaros, Marenales pone las cosas en su sitio: lo que los tupamaros querían era el poder. Y punto.