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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Una pequeñez

Enrique Beltrán

Fue una jornada emotiva, tanto para la selección, como para el encuentro de nuestro pueblo, la fervorosa despedida en el Estadio Centenario del equipo celeste al campeonato mundial. Sin embargo, en esa ceremonia, asomaron pequeñeces, reñidas con ese marco de aliento y esperanza representativa de toda la comunidad nacional. Tiene un carácter muy particular el fútbol para nosotros. Las hazañas que escribió en su pasado, pocas veces han sido superadas y siguen siendo referentes en la historia del Mundial. Colombes, Amsterdam, Montevideo, Maracaná: dos olímpicos y dos mundiales. Aunque desde entonces, en esa materia, y tal vez en otras, hemos ido, por diversas circunstancias declinando, es demasiado fuerte la inercia de aquel pasado, como para no enorgullecerse de él y como para desechar de raíz el casi milagro de una resurrección. Naturalmente que si algo de eso ocurriera, sería también una ayuda para reconocernos como comunidad, y para superar tantos empeños que se esfuerzan en desgarrarla.

Tuve el privilegio de vivir aquellas cuatro grandes jornadas.

De la primera no tengo recuerdos. Era muy niño, y tal vez otros dolorosos ocupaban su lugar. Pocos años después, en la de Amsterdam, creo oír todavía sirenas, bocinazos y griteríos en la calle. Poco antes, un porrazo mío, corriendo y gritando para festejar el famoso gol de Héctor Scarone, al seleccionado argentino. Aquel que había sido precedido del pase del Tito Borges, acompañado del "tuya Héctor", frase que desde entonces quedó cerca de la inmortalidad.

Con la victoria de Maracaná me recuerdo en un Ford de tercera o quinta mano. Todos a la vez salimos a las calles. No parecía haber en ella desconocidos. Todo era abrazos, sonrisas, encuentros y ¡vivas! Era un pueblo orgulloso de serlo, que se sentía hermanado. Revivo aquellas jornadas, cuyas oleadas de emoción todavía hacen llegar algunas de sus ondas, en lo que va siendo el final de mi camino. Viven en mí. Si lo recuerdo hoy en forma pública, es porque quiero contrastar aquellas jornadas de triunfos, que convirtieron al país, desconocido todavía para muchos, en noticia del mundo, con la indignante pequeñez que se coló en el acto del Estadio, acto que no era siquiera de triunfo, sino de despedida y de esperanza. Una multitud emocionada colmó sus instalaciones. Representaba también al país entero en todas sus diversidades. Identificados en una misma esperanza y en el homenaje a aquel seleccionado celeste que cargará con la responsabilidad de recoger una admirable historia y la de un país, que allí se sentía de todos.

El Presidente de los orientales, entregó la bandera de la Patria a los jugadores. Poco antes, en rueda con la selección, se le entregó al técnico Tabárez un retrato de Artigas sobre cuya figura estaban los colores del Frente que evidenciaban así, que eran éstos lo importante del cuadro. Ese era su verdadero mensaje. Fue un triste acto de proselitismo político, irrespetuoso de esa intocable figura.

Ninguno de los gobiernos que vivió aquellas hazañas celestes, pretendió encoger el fervor colectivo y la magnitud del triunfo a su rincón partidario cualesquiera fueran entonces, la dureza de las rivalidades políticas. Así se confundieron en el gozo con la comunidad hermanada. En este gobierno, ya antes de empezar a jugar el Mundial, asoma en ese episodio la pequeñez de su sectarismo político. Lo único lamentable de aquella esperanzada despedida.

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