|
||||||||
Enrique Beltrán
No volvería a escribir sobre Cuba y su tragedia, si no fuese que dos hechos importantes, alentador el uno, elocuente el otro, reiteraron una vez más el largo horror de aquel régimen, que aún sigue siendo para muchos progresistas de por aquí, modelo e inspiración. El prolongado martirio de Orlando Zapata Tamayo no fue suficiente para conmover la dureza del régimen y así culminó, en sus últimos días, en algo muy parecido a un asesinato premeditado. Se creyó que con aquel crimen, esa clase de heroicas y desafiantes turbulencias no volverían a inquietar más a ese poder totalitario. Se habían olvidado que la huelga de hambre del modesto obrero, decidido a llegar hasta el fin, fue un proceso, que en sus últimos tramos despertó la angustia de su pueblo y de muchos otros en el mundo, por lo que su muerte, que había asumido el rostro del martirio, no habría de ocurrir en vano. Quedaban en pie su llamado y su ejemplo que bien pronto fueron recogidos. Quien primero lo hizo fue Guillermo Fariñas, disidente cubano que desde hace más de 89 días está en huelga de hambre por la liberación de los 26 presos políticos más enfermos de las cárceles cubanas. Esta vez la sombra del mártir y la inquebrantable decisión de su seguidor, ganaron su primera batalla. Así ocurrió un acontecimiento insospechado. Fue la reunión del presidente Raúl Castro con los prelados de la Iglesia Católica. En otras circunstancias se habría hecho muy difícil de concebir, dadas las tensas relaciones que el régimen tiene con esa institución. Era más difícil de concebir aún, que ese encuentro fuese para encarar la situación de los presos políticos, y su eventual liberación. Mientras ésta no ocurriere, fuesen tratados respetando su dignidad humana. El primer paso de este encuentro fue el que consigna la oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba "que le avisó a la Iglesia el viernes que se iba a trasladar los presos políticos a las cárceles de sus lugares de origen, para que más enfermos sean atendidos en hospitales". Se verá si esta pequeñísima luz en medio de la noche sobrevive y se ensancha hasta hacernos pensar que puede terminar en una alborada, o si queda sofocada en las sombras que des- de tantos años se han adueñado de aquella isla. Este hecho alentador fue acompañado, por uno que llamé elocuente. Lo llamé así porque tras el invisible muro de reclusión y silencio, de censura y temor, que envuelve a la isla, hay escapes que son proclamas de lo que se padece adentro, y este es uno de ellos. Después de un convenio entre Fidel y Chávez llegaron 15.000 médicos cubanos para prestar sus servicios. Tarea muy acechada por su propio régimen, con obligado regreso temprano adonde todos viven, sin libertad de pasear donde se les ocurra con prohibición de trato con los opositores de aquel gobierno. A pesar de estos y muchos otros controles, 1.500 médicos ya desaparecieron y dispararon, desafiando vigilancias y trabas. Dos hechos que pueden definir una opción. Si la tiranía sigue empeñada en serlo, más o menos pronto llegará la hora del desplome, con riesgo de venganzas y de irrefrenables iracundias. Mientras tanto seguirán huyendo los que puedan del encierro. Si se abre el camino que vaya conduciendo a devolver a su pueblo el dominio de su poder y a los ciudadanos la convivencia en la libertad y la justicia, menos dificultosa se hará una salida en paz. Lo que ocurra con aquella pequeña luz, será de esperanza.