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 Miércoles 31.03.2010, 04:48 hs l Montevideo, Uruguay
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Al Maestro

Enrique Beltrán

Circunstancias ajenas a mi voluntad impidieron mi presencia en el homenaje que se rindió en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo a la memoria del Profesor Juan Pivel Devoto, con motivo del centenario de su nacimiento. Quiero desde este Recodo unirme a ese homenaje. Es una figura que siempre he admirado y que un hondo trillo dejó en la historia del país y en mi recuerdo. Vuelvo entonces a algunas de las consideraciones que hice en esta misma columna en la hora de su partida.

En mi larga vida no abundan experiencias humanas que fueran una fuente tan rica de conocimientos, brindada siempre con generosidad y modestia.

¡Qué densidad le dio a su tiempo! Es difícil encontrar a quien, como él, con tanta vocación y tanta capacidad se diese a cien tareas a la vez, para convertirse en casi todas ellas, sin abandonar su modestia, en su inspirador, su latido, y también su obrero. Clases donde asomaba su magisterio, libros que marcaban jalones, trabajos de investigación sin descanso, afanosa búsqueda de documentos, de bibliotecas, de obras de arte que tanto enriquecieron al Museo, dirección de la notable revista histórica y de colecciones tan valiosas como la de Clásicos Uruguayos, forjador primordial del Archivo Artigas. Fue un misionero desvelado del patrimonio nacional, también de sus raíces y de su alma. Todo eso y más, le fue disputado un día después de otro a su tiempo vital para llenarlo de sus urgencias y de la grandeza de ese noble desasosiego.

Asumió altas responsabilidades en la función pública. Siempre lo hizo con talento, sabiduría, firmeza, honradez. Desde la Dirección del Museo Nacional al Ministerio de Instrucción Pública y de Seguridad Social, desde la Presidencia del Sodre a la del Codicen, su presencia marcó un ejemplo de servicio a la nación.

Como si solo fuera ayer todavía lo veo, cuando en el cotidiano viaje al Archivo General me hacía el honor de pasar algunas veces por mi casa, en pleno invierno, más cargado de años que los míos, desafiando las inevitables claudicaciones físicas de la edad, dispuesto a continuar afanoso la formidable tarea del Archivo Artigas, sin reparar en lo inhóspito del lugar, ni en un cansancio que se empeñaba en no conocer, ni en una fragilidad que su voluntad trocaba en insospechada fortaleza.

¿Cómo no admirar entonces al ser humano concreto, tanto como a la dimensión de su tarea? Ha sido una rica experiencia acercarse a él, honrarse con su amistad, descubrir ese manantial de sabiduría que fluía con naturalidad, sin sombra alguna de petulancia. Cuántas veces personajes y épocas distantes cobraban vida y cercanía que en dos trazos nos aproximaba, para cotejarlas con las que nos tocaba vivir. Contagiaba la firmeza de sus convicciones, que su desinterés acrecentaba. Fue cuidadoso de su autenticidad por lo que despreció y combatió la demagogia. La devoción por su deber y el valor con el que siempre asumió su responsabilidad, fue un ejemplo enriquecedor.

El centenario de su nacimiento no ha sido solo ocasión para rendir homenaje y hacer justicia a una figura que tanto lo merecía. Fue un reconocimiento de todas las grandes fuerzas políticas, por encima de los enfrentamientos y además un llamado a continuar su tarea, a redoblar el esfuerzo y los recursos para enriquecerla. Proseguir lo que ha dejado en marcha, o ha quedado detenido será culminar la obra de su talento y sacrificio.

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