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 Lunes 26.10.2009, 08:52 hs l Montevideo, Uruguay
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Nacional

Mujica se recluyó y trabajó la tierra

Tónica. El candidato no se cansó de repetir que esta campaña es su "última batalla"

PAULA BARQUET

José Mujica dijo no tener ganas de "complicarle la vida" a nadie por lo que decidió "recluirse" en su chacra. Aseguró no estar nervioso por el resultado electoral y dijo ser el único candidato sin nada que perder.

Al salir de su circuito de votación, en el local de la Comisión Honoraria Antituberculosa, en Carlos María Ramírez y Grecia (Cerro), José Mujica improvisó un escenario parado sobre el estribo del "Pepemóvil" y habló a la prensa sobre sus planes.

"Ahora voy a ir a Pocitos a acompañar a mi mujer y después me recluyo en mi casa. En la calle voy a andar con cinco o seis autos atrás que van a estar embromando a los que están trabajando en el proceso electoral", explicó mientras sus simpatizantes aclamaban "Olé, olé, Pepe, Pepe".

Y eso hizo. No pasó por ningún comité de base, no visitó local partidario alguno. No se sacó fotos con nadie y firmó sólo dos autógrafos.

No es que estuviera enojado con la prensa, dijo, a pesar de haber soportado a decenas de periodistas gritándole y empujándolo en busca de su imagen y declaración (ver nota aparte).

La decisión de no "andar de un lado al otro con 20 tipos atrás" fue por no interferir en el tránsito, y evitar molestias a los que votan y a los que trabajan por la votación, explicó.

Acompañó a sufragar a Lucía Topolansky a Libertad y Guayaquí, en el colegio Saint George. Mientras esperaba en el auto acariciando las orejas de su perra Manuela, atendió a un programa de radio que le preguntó en qué estaba pensando.

Y en cuestión de segundos se le llenaron los ojos de lágrimas. Pensaba en su abuelo, en que de chico andaba descalzo para no gastar las zapatillas, en como se había muerto haciendo tareas de campo, en todo lo que había aprendido de él.

Justificó la emoción diciendo que "a los viejos les pasa seguido de tener recuerdos de la infancia" y "es natural".

En realidad, el tema de su edad y la cercanía con la muerte estuvo presente en otros momentos de la jornada. No se cansó de repetir que esta es su "última batalla" pero que no lo ponía nervioso para nada.

"No me van a creer, pero para mí... olímpico. Es que soy el único candidato que no puede perder. Si pierdo, pierdo, y me voy a jugar al casín y a charlar con mis amigos del barrio. Y si gano, me tendré que complicar con la changuita del gobierno", comentó.

Nuevamente desestimó las formalidades, esta vez ante un periodista argentino que le preguntó por la corbata que no llevaba. "Es un trapo ridículo, coquetería masculina. No sé qué finalidad cumple la corbata. Ensuciarse con el café", dijo despertando risas alrededor.

Pero no hizo muchos chistes más. Se mostró cansado, algo desganado.

No quería mucho "show" esta vez. Partió para la chacra de Rincón del Cerro con un séquito de guardias de seguridad y periodistas insistentes detrás. Bajó del vehículo, dio la espalda a las cámaras y se cerraron las puertas del portón.

TRACTOR Y ABAS. A los 15 minutos reapareció vestido más cómodo y descuidado.

Cambió la camisa y la campera de hilo por una vieja remera y un buzo de lana estirado. Se calzó el pantalón deportivo, los championes, y se puso a trabajar.

Bidón va, bidón viene. Fotógrafos van, fotógrafos vienen. Impávido, como si no existiera nadie más, durante un largo rato cargó con matayuyos la pulverizadora del tractor.

Su mujer le abrió la portera. Un copropietario de la chacra corrió a los perros. Las cámaras prontas para captar al presidenciable subido al tractor, igual que en las internas.

Esta vez no era sólo para "desestresarse". La urgencia de trabajar en el campo justo ese día se debió, dijo, a que era el momento justo de eliminar la "margarita de piria", habitual flor silvestre de color amarillo.

Y después de ir y venir con el tractor desperdigando herbicida sobre el terreno, se entusiasmó con explicaciones sobre esa plaga que tanto daña la tierra.

Pasado el mediodía cortó la actividad para comer guiso de habas que Lucía había preparado. "Es igual que el de lentejas, pero con habas", ironizó. Otras veces comió asado en el quincho de su amigo Varela, pero esta vez prefirió algo "sencillo".

Un circuito descontrolado por la llegada del candidato y su séquito

Un centenar de reporteros lo esperó en un salón diminuto

"Esto es una demencia", repetían los periodistas y reporteros gráficos de medios nacionales y extranjeros. Más de 100 personas, metidas en un cuarto de cuatro por cuatro -o incluso menos- esperaban el momento ineludible de la votación de José Mujica. El espacio reducido, las ansiedades y la tardanza del candidato provocaron un caos. Es que antes de Mujica llegaron tres votantes de primera hora -personas mayores todos- que demoraron el asunto y dejaron al candidato atracado en la puerta del minúsculo salón, apenas custodiado por uno de sus guardaespaldas. En medio de gritos y empujones de parte de la prensa, el presidenciable se puso a conversar con el que lo precedía en la fila. "Tiene que ser más grande la cosa acá, parece un hormiguero", comentó enojado el votante. "Bueno, qué le va a hacer, es una vez cada cinco años", contestó un Mujica todavía de buen humor, aunque le sugirió (en broma) echar a los periodistas. El hombre reconoció que votaba al Partido Colorado, a lo que una periodista afirmó que todavía había tiempo para convencerlo. "No, yo respeto a estas reliquias", respondió Mujica. Otro señor mayor se cruzó con él al salir del cuarto secreto y surgió otro diálogo en el desorden: "¿El gordo se fue? ¿Y Roberto? ¿También se peló?", preguntó el candidato, que luego explicaría que se trataba de un viejo conocido del barrio. Finalmente, fue el turno de Mujica de entregar su credencial. "Está impresentable", advirtió a los reporteros que pedían que la mostrara. Luego, un tanto distraído, tomó el sobre y amagó a sacar la tirilla. Una de las funcionarias lo detuvo a tiempo explicándole que debía hacerlo después. A la vuelta del cuarto, tras abrirse camino entre la cantidad de gente hacinada por verlo, posó para las fotos. Primero a los fotógrafos que lo captaban de frente, luego a los del costado, y mientras iba complaciendo a todos, se escuchaban los gritos cada vez más desesperados: "¡Pepe, Pepe!", "¡Mujica!", "¡Señor presidente, para este lado por favor!", "¡Para acá, acá!", "Acá! Pepe, míreme para acá!". Menos enojado de lo esperable, hizo ademanes como indicando "basta" y luego dijo, fuerte, "¿ta?". Tomó su credencial y comprobante y, esta vez un poco más resguardado, se retiró a dar declaraciones afuera del salón.

"Si pierdo me voy a jugar al casín, si gano me tendré que complicar con la changuita del gobierno".

El País Digital

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