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JORGE ABBONDANZA
En medio del festejo por sus 91 años, es probable que Nelson Mandela haya sonreído cuando vio que Carla Bruni bajaba del Elíseo para incorporarse a la lista de músicos que cantaron y tocaron en su honor. Además de convertirse en un gesto democrático, la presencia de Madame la Présidente acompañaba la inmensa estima que el líder sudafricano ha conquistado en el mundo. De paso, ese acontecimiento habrá permitido que el homenajeado reflexionara un poco sobre la inestabilidad matrimonial, no sólo la de Sarkozy sino también la suya, desde que debió repudiar a la manipuladora Winnie para volver a casarse con una estupenda mozambiqueña. La vida de los grandes hombres tiene esas cosas.
Parece algo bueno ocuparse de Bruni a propósito de un aniversario tan respetable. Eso permite suavizar el cotorreo que casi siempre prefiere -como en los culebrones- dedicarse a la intimidad de los seres famosos y anular así todo contacto con sus mejores perfiles. Poca gente sabe, por ejemplo, que Michelle Obama visita sistemáticamente las escuelas de barrios periféricos para ocuparse de esos niños pobres, pero mucha gente sabe en cambio qué vestidos elige y cuándo cambió de peinado. Algo similar ocurre con Italia, cuya tarjeta de presentación a escala internacional es hoy el libertinaje de Silvio Berlusconi y las patéticas maniobras mediante las cuales algunos oportunistas ganan plata revelando los aspectos menos públicos de la vida del jefe de gobierno.
Sería útil que la gente se enterara de las causas que determinan el declive de la economía italiana, que tambalea desde hace algunos años por culpa de su ineficiencia, mientras no parece capaz de actualizarse y está cada día más abrumada por el desempleo y el empobrecimiento de las clases medias. Pero lo que se divulga no es eso, sino las declaraciones de una vividora que se ha convertido en una celebridad mundial por pasar la noche con el primer ministro y vender ese dato a buen precio. Sólo los puritanos pueden ilusionarse con que el episodio permita conocer mejor al adúltero jerarca. El resto de la humanidad comprueba en cambio que en los jadeos de esa información se revela la discapacidad (¿o la decrepitud?) de toda una cultura.
Efectivamente, 108 años después de la muerte de la reina Victoria, esta cultura del siglo XXI todavía es victoriana en su sofocada hipocresía, y 70 años después de la muerte de Freud no ha podido superar su enfermiza curiosidad por las ejercitaciones sexuales del prójimo. En lugar de interesarse por el prodigio de que Italia cobije el 50 por ciento del patrimonio artístico de este mundo -desde los templos griegos de Agrigento o la gloria de Amalfi hasta las reliquias vaticanas o la maravilla flotante de Venecia- la gente se interesa por el torneo erótico entre una meretriz cuarentona y un político septuagenario. Por eso es reconfortante que Carla Bruni -la sirena de Piamonte- cante y toque la guitarra en el cumpleaños de Mandela.
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