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ALVARO CASAL
Pequeños grupos se empezaron a formar en la plaza Tiananmen de Pekín (hoy Beijing). Era el 15 de abril de 1989. Homenajeaban a Hu Yaobang, quien aunque ese día falleció de un ataque al corazón, poco antes había sido obligado a dejar la secretaría general del Partido Comunista Chino y a formular una "autocrítica" por sus reclamos de reformas y su desprecio ante los "excesos maoístas".
Los pequeños grupos fueron creciendo con el aporte de estudiantes universitarios y obreros. El día 17 ya los manifestantes sumaban miles y expresaban más que un duelo por aquella muerte: reclamaban que el gobierno escuchara sus peticiones de libertad.
El 20 de abril la policía dispersó estudiantes, pero eso le dio mayor impulso a las protestas de Tiananmen y en la noche siguiente 100.000 personas se agruparon allí, antes de que la plaza pudiera ser cerrada para el funeral de Hu.
El gobierno del premier Li Peng se alarmó, aunque el movimiento no tenía un liderazgo común y apenas reclamaba contra el autoritarismo, voceando llamados a la reforma democrática dentro de la estructura gubernamental.
El 4 de mayo más de cien mil estudiantes y trabajadores entraron en Beijing reclamando libertad de prensa y diálogo formal entre autoridades y representantes estudiantiles. El gobierno rechazó el diálogo y el 13 de mayo, dos días antes de una visita oficial del líder soviético reformista Mikhail Gorbachov, multitudes ocuparon Tiananmen y empezaron una huelga de hambre.
La situación se complicaba para las jerarquías comunistas y estas declararon la ley marcial el 20 de mayo, aunque demorando la entrada de fuerzas armadas en Beijing porque multitudes de disidentes se colocaban en su camino. Entonces los líderes políticos más cautelosos fueron removidos de sus puestos y sin más trámite se dispuso que tanques y tropas tomaran el control de Beijing. La violencia se desató en las calles y especialmente en Tiananmen, atacada por blindados a las 10 y 30 de la noche del 3 de junio. Hubo miles de muertos y heridos. Tal vez nunca se sepa la cantidad exacta. De aquellos episodios, por estos días se cumplen veinte años. Es oportuno evocarlos, entre otras cosas porque tenían lugar mientras Europa central y oriental, se iban liberando del yugo comunista. Hoy los ex países comunistas europeos son democracias, pero China continúa bajo el autoritarismo. Allí, lo ocurrido en la plaza Tiananmen, sigue siendo tema prohibido. Está censurado en documentales, libros e Internet.
A esta altura, quizás no sea ocioso preguntarse si hoy las madres chinas seguirán contando a sus niños cuentos como los que el francés Guillaume Pauthier trajo a Occidente, en el siglo XIX. Relatos como el de la aventura del letrado Pang, quien albergó en su casa a una niña delicada, dulce y desamparada. Más tarde, mirándola mejor, Pang vio un esqueleto de cara verde y dientes agudos, empeñado en la tarea de pintar de blanco y rosa una piel de mujer, con la que después se revistió, retomando su aire encantador. Se trataba de un vampiro que se disfrazaba. Rápidamente se arrojó sobre Pang y le arrancó el corazón. Pero gracias a un sacerdote hábil en curar maleficios, Pang recobró su corazón y resucitó.
¿Recuperará su corazón la nación China, para resucitar libre y feliz como el letrado Pang?
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