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Domingo 23.08.2009, 12:22 hs l Montevideo, Uruguay
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Nacional


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El debate en un escenario de paridad

No ha habido confrontación pública entre candidatos desde las elecciones de 1994

María Fernanda Boidi

La posibilidad de un debate entre candidatos presidenciales sobrevoló la agenda política estos días. Tras marchas y contramarchas, no hay aún una confirmación, y mucho menos se conocen las condiciones específicas en las que se llevaría a cabo.

Lo cierto es que el debate sobre el debate está instalado en la actual campaña electoral.

Los debates entre candidatos a cargos electivos son vistos como uno de los caminos para alcanzar la democracia plena. El intercambio de opiniones y propuestas y el respeto por la visión distinta están en la base de una convivencia política saludable, y pavimentan el camino de la gobernabilidad.

La evidencia indica que la existencia de debates entre candidatos está asociada con una mejor imagen de la democracia, tanto entre los votantes del país como fuera de fronteras.

Los debates, además, contribuyen a acercar temas y propuestas al electorado, reduciendo así el costo del acceso a la información política.

Algunos defensores del debate han llegado a proponer que la participación en debates debería ser obligatoria para todos los candidatos cuyas campañas reciban financiamiento público.

El estilo. En el otro extremo, hay quienes se oponen a los debates políticos en sus condiciones actuales, básicamente a los debates televisados. El argumento apunta a que los códigos de la televisión y las estrategias que desarrollan los candidatos para tomar ventaja de ellos hacen que se concentre excesiva atención en la imagen y el estilo de los políticos, y que se pierda de vista la verdadera cuestión de fondo, que es la discusión sobre temas y propuestas. Se dice, además, que en los debates generalmente no se discute nada nuevo que el elector no haya escuchado ya en las noticias o en los avisos publicitarios. Sin embargo, los debates pueden ayudar a los ciudadanos a ver con mayor nitidez las diferencias entre los candidatos porque estos tienen que confrontar entre sí, generando argumentos y contra- argumentos que sólo tienen parangón en las discusiones parlamentarias, pero que no se ven en las campañas políticas.

En Uruguay hace mucho que no vemos debates entre candidatos presidenciales; el último fue hace 15 años, en 1994, entre Tabaré Vázquez y Juan Andrés Ramírez.

Ganadores. A partir de la experiencia comparada sabemos que la atención de los medios suele concentrarse en la cobertura del debate en términos de ganadores y perdedores -evaluación siempre cargada de subjetividad y que implica la ponderación de múltiples aspectos- y no tanto en la sustancia de los intercambios.

De hecho, algunos estudios han mostrado que los ciudadanos no siempre tienen tan claro quién sale victorioso y quién perjudicado de un debate, sino que forman su opinión al respecto una vez que los medios hacen pública la crónica y anuncian al ganador. Quien puede resultar "ganador" para la mayoría de los ciudadanos puede no serlo para los medios, porque analistas y periodistas hacen lecturas distintas, más elaboradas y sofisticadas que la del común de los votantes.

Además, la importancia de "ganadores" y "perdedores" es relativa. Es difícil que un ferviente partidario considere que su candidato resultó perdedor en un debate. Incluso sí así lo juzga, eso no va a cambiar su apoyo a él (salvo que el candidato muestre una faceta desconcertante en esta instancia, algo muy poco probable).

En este sentido, en condiciones normales, la influencia de los debates es muy limitada, y solo puede afectar a un segmento muy pequeño del electorado: aquél que aún no decidió su voto y toma el debate como insumo básico para pronunciarse. Claro que en el contexto de elecciones parejas este grupo puede resultar decisivo.

El País Digital

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