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Washington Beltran Storace
Aesta altura de la administración Vázquez, lo que no se hizo o se hizo mal, es prácticamente insoluble. Y esa afirmación, que puede apuntar a una buena cantidad de asuntos, se hace más grave si se trata de la Educación, tema esencial y prioritario para cualquier país y tal vez el recurso más apropiado para luchar contra la miseria, el subdesarrollo y la verdadera igualdad de los ciudadanos. La Ley de Educación que se aprobó es un patético mamarracho, un horror ya desde sus orígenes. La Educación de una sociedad debe ser un tema de Estado, de amplio consenso político y no el mero resultado de la voluntad de un partido que tiene mayoría circunstancial en el Parlamento. Eso es soberbia, desprecio por los valores republicanos y la antítesis de lo que debe ser un país en serio.
Más grave aun es que el actual gobierno lo sabía, pero se apuró en sancionarla por la proximidad del año electoral y el "peligro" que significaría tener a estudiantes y docentes movilizados, con paros y ocupaciones de centros de enseñanza incluidos. Su imagen hubiera quedado más devaluada de lo que está.
Esta administración armó un circo descomunal con el llamado Congreso Educativo que tendría como cometido aprobar una reforma del sistema de enseñanza, pero que terminó siendo escenario de batalla de las corporaciones por cuotas de poder. La Ley resolvió este enfrentamiento, pero nada aportó para mejorar el nivel de educación de los niños y jóvenes. Nunca estuvo sobre el tapete responder al desafío de la excelencia de la enseñanza pública, cada vez más relegada. Solo atinó a imponer reglas para que el corporativismo docente pudiera actuar a su antojo, con un mínimo de control estatal.
Para ese corporativismo el problema era simplemente su chacra de poder y el aumento de recursos (hasta llegar al 4,5% del PBI) para una mejor remuneración de sus profesionales. Y el gobierno aceptó. El reclamo económico es correcto siempre que haya un correlato en el nivel de educación de los jóvenes. No es un fin en sí mismo. En realidad debería significar "yo te pago mejor, para que tú enseñes mejor". Soy un convencido de que la plata en educación es la mejor invertida, pero ¿de qué educación estamos hablando? Porque a poco se observen los números sobre deserción estudiantil (sobre todo en secundaria), el rezago o pérdidas de año, el ausentismo docente, los bajos niveles de aprendizaje y como se ensancha la brecha con los estudiantes de institutos privados, podemos concluir que solo hemos abierto un nuevo agujero negro en las finanzas públicas, que será difícil de cerrar o revertir.
En los informes del Programa Internacional de Evaluación de Alumnos (PISA por su sigla en inglés), estamos cada vez peor, al punto de que para el diario italiano "Corriere della Sera" somos un referente en bajo nivel de educación. En una nota aparecida hace un par de meses indicaba como dato escandalizante del peor nivel que tiene el sur de ese país, que sus calificaciones (en matemática y lenguaje) son muy parecidas a las de Uruguay y Tailandia. ¡Linda imagen!
Y de valores mejor no hablamos. Si vamos solo a los elementales como la responsabilidad, el respeto a los demás, la honestidad, el trabajo, la disciplina, ¿qué calificaciones obtendríamos? Y si hablamos de ética, de tolerancia, de que la libertad está limitada por la libertad de los demás y que la Constitución y las leyes se hicieron para ser respetadas, ¿qué puesto en el mundo ocuparíamos?
La Enseñanza Pública está notoriamente deteriorada y más aun cuando le agregamos valores. La brecha con la privada se hace mayor y este gobierno le ha dado más dinero, pero no ha solucionado, ni esbozado una solución al problema de la calidad. Y a esta altura no lo va a hacer. Como dijo Pablo da Silveira, columnista de esta Casa y Director del Programa de Gobierno de la Educación de la Universidad Católica: "para expresarlo gráficamente, existe una minoría de estudiantes que están haciendo aprendizajes que pueden aproximarse a los de un país desarrollado y una mayoría que está haciendo un aprendizaje de nivel africano".
Esto, además, ha comenzado a ocurrir también en el sector terciario, donde la Universidad de la República debe competir con las universidades privadas, una presencia removedora en nuestra educación. Las privadas llegaron con una concepción moderna de la educación superior, con carreras cortas ajustadas a las realidades de hoy, más allá de las tradicionales y únicas que con planes de estudio anticuados, rígidos y de duración excesiva con relación al resto del mundo se enseñaron en el país durante 80 años. Y su presencia provocó -lógicamente- temblores en los cimientos de una institución monopólica y politizada, que se manejaba de espaldas a los cambios. ¿Qué se le ha ocurrido en este caso a la ministra de Educación? Lejos de preocuparse por elevar el nivel de capacitación y calidad en la Udelar para enfrentar las nuevas opciones, su objetivo parece ser acorralar y bombardear a las privadas. Cada vez mayores dificultades y controles a su expansión.
La consigna es y ha sido emparejar para abajo. Todos iguales en la chatura.
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