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LEONARDO GUZMÁN
El 22 de diciembre de 1808 Ludwig María von Beethoven entregó en Viena toda su energía a un concierto maratónico.
Fue su última aparición pública como solista; después, hasta su muerte en marzo de 1827, iba a consagrarse sólo a componer y dirigir. Ejecutó na-da menos que su Concierto para piano nº 4. Presentó la Quinta y la Sexta Sinfonías.
Y, como si fuera poco, estrenó la Fantasía para piano, coro y orquesta, donde anticipó el clima sinfónico-coral de la Novena y afirmó -en versos que inspiró él mismo y encargó apurado al poeta Kuffner- la respuesta del espíritu a los dolores de la vida. Proclamó que al unirse palabra y música, "la noche y la tormenta se hacen luz" y "hasta los aprietos hostiles y ásperos se nos ordenan en lo alto del sentimiento". Y reveló que "Cuando el amor y la fuerza se unen, alcanza al hombre la gracia de Dios". En realidad, dijo lo que tres lustros más tarde iba a cantar en el Himno a la Alegría de Schiller, final de la Noventa Sinfonía y hoy Himno de Europa.
El lunes pasado se cumplieron 200 años. Nadie recordó el aniversario. No importa. Las obras que entregó siguen resonando, integradas definitivamente al paisaje musical de la humanidad. El mensaje básico vale cada vez más: responder al dolor afirmando la vida, sobreponer el espíritu a las noches y las tormentas es exigencia cada vez más perentoria; y el hombre entero que hay detrás de cada acorde beethoveniano sigue constituyendo ejemplo, especialmente necesario en tiempos en que se ha dejado de convocar a las fuerzas de la voluntad personal para la construcción de sí mismo.
Es que tan grande como el monumento que es su obra, es la lucha por la libertad interior frente a su destino, que el ser-humano-Beethoven llevó adelante hasta triunfar.
En diciembre de 1808 ya hacía seis años que, en el Testamento de Heiligenstadt había escrito de su puño y letra su desesperación porque él -que se sabía uno de los más grandes de la historia musical- estaba cayendo progresivamente en la sordera y sentía que la vida lo traicionaba cuando aún tenía mucha música por crear.
Las obras inmortales que, ya sordo, entregó en el histórico concierto de hace dos siglos prueban que se alzó como creador porque primero fue señor ante su desgracia. Si pareció huraño por no confesar que oía cada vez menos, en vez de refugiarse en explicaciones o terapias psicológicas de adaptación venció a la sordera por actos de libertad creadora.
¡Suprema expresión de libertad personal frente al destino! ¡Contra lo que vivía en sus sentimientos y sus sueños, no pudo ni siquiera la limitación de su cuerpo!
Por eso, y no sólo por la belleza de sus sonatas, la humanidad reverencia en Beethoven a un ejemplo para las nuevas generaciones, a las cuales se oculta cuánto importan los sentimientos, los sueños y la voluntad para hacer de la vida, un emprendimiento por cuenta propia. Y, sobre todo, vale para nuestro Uruguay, que hace años hizo cruzas de relativismo y viveza calculadora de "no te metás", para que el pensamiento público y la cultura se enfermaran -etimológicamente, perdieran firmeza.
Fue con reciedumbre de decisiones propias y no sobre diagnósticos ni encuestas que Beethoven hizo su grandeza como el Uruguay la suya.
Que eso siga valiendo aunque no se rememoren aniversarios, es prenda de esperanza para un 2009 donde el alma, además de pronunciar su voto, deberá comprometerse como si todo empezara mañana.
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