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Julia Rodríguez Larreta
La acción, tanto como la falta de iniciativa, tienen sus consecuencias. A veces éstas son las buscadas, otras resultan lo contrario e inclusive pueden haberlas inesperadas pero convenientes, respecto de las cuales no se hizo ninguna previsión. Por ese motivo cuando un Estado actúa, debe tratar de medir las ventajas de alcanzar sus objetivos, sin descuidar el análisis de posibles resultados colaterales no buscados. Es difícil anticipar cuales pueden ser las secuelas indeseables de una política que a primera vista aparenta ofrecer apetecibles derivaciones, por lo que es esencial reflexionar sobre los posibles efectos no evaluados en primera instancia. Lamentable ejemplo de ello ha sido la invasión a Irak.
Para ilustrar lo dicho, hay que remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial. En 1946 Afganistán ingresó a las Naciones Unidas y en forma prácticamente simultánea, cambió su sistema político, pasándolo a una monarquía constitucional republicana. En 1978 sobrevino un golpe militar (el rey había sido depuesto en 1973), cuyo consejo revolucionario terminó en manos de comunistas pro soviéticos, comenzando a ser resistidos por la población. Con el correr del tiempo, el gobierno local no podía mantener el poder e invitó a la Unión Soviética a que le enviara un ejército, para imponer orden. Se desató una larga, cruenta y costosa guerra que terminó con la derrota y prácticamente la fuga del ejército rojo, después de sufrir y causar enormes bajas en 1989 y la caída del régimen comunista afgano, en 1992.
La derrota de los soviet fue lograda gracias a la indoblegable beligerancia del pueblo afgano, el cual a través de su historia había siempre derrotado a sus invasores, siendo los últimos los ingleses. Hay que sumar a ello el apoyo de Pakistán que permitió, través de su larga frontera, el suministro y entrenamiento de la guerrilla. Se construyeron innumerables campos para refugiados que huían de los bombardeos y la represión. Arabia Saudita por su parte, en forma directa o por medio de sus riquísimos magnates, dio apoyo financiero y estableció un sistema de madrassahs, escuelas religiosas extremas y movilizaban a militantes islamitas del mundo árabe, para que fueran a luchar contra la fuerza de ocupación, los ateos y los infieles. Por otro lado, Estados Unidos y Gran Bretaña, también intervinieron, entrenando a los afganos en el uso de armas modernas, en especial de lanza cohetes, para derribar helicópteros y destruir a los tanque rusos. Consiguieron para los guerreros afganos, una gran cantidad de fusiles rusos AK, dejados entre los israelíes a raíz de uno de sus conflictos con Egipto y Siria, muy apreciados por los mujadhin y de esta forma, los norteamericanos, complacían a los pakistaníes y a los saudíes.
En Afganistán, luego de un breve respiro, los guerreros más extremistas suníes, los talibanes del turbante negro, adoctrinados en las madrassahs por fanáticos y muchas veces ignorantes maestros árabes que destilaban odio, no sólo siguieron luchando con ferocidad contra las tropas del gobierno afgano que se replegaban sobre la capital, sino que también comenzaron a hacerlo contra sus colegas: los que no compartieran el objetivo de fundar un estado teocrático. Y lo curioso es que la mano de los saudíes, un país amigo en apariencia, de occidente, estuviera metida en ello. En abril de 1992 cayó el gobierno comunista afgano, pero en vez de alcanzarse la paz, la guerra civil tomó otro cariz. El de los talibanes contra el nuevo gobierno republicano. Con el apoyo paquistaní, tomaron Kabul en 1996, asaltaron la sede de las Naciones Unidas y apresaron al Primer Ministro Najubulhá, a quien luego de torturar, colgaron de un farol. Impusieron la Sharia (ley islámica) que entre otras cosas impuso el velo total (Burhja) a las mujeres, prohibiendo que salieran de sus casas sin compañía de un pariente masculino. A los hombres no se les permitió afeitar. Se prohibió la música y el deporte. Volvieron las lapidaciones. Se dinamitaron los Budas de Bamiyán y se destruyeron todas las estatuas y murales que quedaban de los tiempos griegos, romanos y persas. Tomaron casi todo el país, mientras solo se resistía la liga del norte.
Fue sólo después del 11 de septiembre del 2001, cuando la destrucción de las Torres Gemelas, que los EE.UU. tomaron conciencia del peligro engendrado y pidieron la entrega de Osama Bin Laden, un poderoso saudita, entonces activo residente en Afganistán. El gobierno talibán no accedió y éste se escabulló entre las cuevas de la frontera Paquistaní. A mediados del 2002, los talibanes fueron derrotados pero no se persiguió eficazmente a Al Qaeda, y a su líder. En cambio se eligió inesperadamente otro blanco: Irak y Saddam Hussein, un dictador laico y tenebroso, pero enemigo de las teocracias.
Las derivaciones de las malas decisiones son caras. Primero les tocó a los rusos, aunque para muchas de las naciones que estaban bajo su yugo, las que hoy pueden respirar libres, ese error fue una bendición. Para los norteamericanos, el costo de su errada estrategia ha sido enorme, tanto en prestigio, como desde el punto de vista humano, político y económico.
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