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Ruben Loza Aguerrebere
Philip Roth es un escritor de largas distancias y, en el curso de su dilatada obra, en la cual se mezclan lo serio con lo cómico y lo satírico, ha demostrado su poder para mantener una obra de alta intensidad como pocos escritores americanos de hoy. Y bien, en estos días tenemos a la mano su autobiografía, que titula escuetamente "Los hechos" (Seix Barral).
Justificando la esencia de este libro, el autor escribe: "Los hechos nunca se limitan a sucederle a uno, sino que los va incorporando la imaginación, fruto de las experiencias previas. Los recuerdos del pasado no son recuerdos de los hechos, sino recuerdos de tu imaginación de los hechos".
Y es así que procura atenerse lo más fielmente posible a una serie de "hechos", renunciando a todo asomo de la imaginación, a todo empuje de ficcionalización, para tratar de aprehenderlos desnudos. ¿Por qué? Pues, como ocurre con la mayoría de los escritores, son los hechos los que producen obras. El escritor se alimenta de acontecimientos de la propia existencia, entrelazados por la imaginación.
Lo que en esta obra realiza Philip Roth (ganador del Pulitzer, entre otros premios) es coleccionar una secuencia de hechos, que no están anudados por los elementos que pertenecen a la creación. Intenta, en consecuencia, recuperar instantes emocionales "bastante puntiagudos", que sean una suerte de espejo de su propia existencia, desde que vino al mundo, en Nueva Jersey, en el año 1933.
Si bien se atiene a momentos de su vida, procura no exponerse demasiado, como un Norman Mailer, ni tampoco en una situación opuesta, como Salinger, sino que busca una ubicación media. De esta manera, la autobiografía de Roth se divide en varios episodios esenciales de su existencia: la tranquila niñez; su preparación en un "college" en los días en que se acerca a los escritores que lo marcaron (Sherwood Anderson, Joyce y Wolfe); los enredos pasionales cuando escribe su libro "Goodbye, Columbus"; y el descubrimiento de los excesos de los setenta, época en que da a conocer su famosa novela "El lamento del Portnoy".
El libro se cierra de una manera un tanto sorprendente, aunque fiel al estilo de Roth: al fin de la sucesión de "hechos" narrados, recibe un comentario de los mismos de uno de sus personajes imaginarios más seductores, el escritor Zuckerman, quien al comentarlos realiza un sostenido ataque a las dotes de biógrafo de su propio creador, es decir, Philip Roth. En este sentido, el personaje imaginario le hace notar que "los hechos son mucho más reacios y difíciles de manejar", al reducir la búsqueda de la imaginación. Y le señala que, en definitiva, su trabajo más valioso ha sido "entrelazar los hechos con la imaginación", que es lo que aquí ha evitado. Entre los personajes que aparecen en este libro están sus amigos, como el Nobel Saul Bellow, George Plimpton y, entre otros, Richard Stern, profesor universitario y destacado autor de cuentos y novelas, a quien, años atrás, conocí en Chicago y quien, generosamente, me obsequiara varios de sus libros.
Esta autobiografía de Philip Roth es, en suma, un recuento excelente de los orígenes narrativos de quien es una de las personalidades esenciales de las letras norteamericanas de hoy. Un retrato muy vivaz de la vida de un novelista, a través de "hechos" que ilustran la relación de la vida y el arte.
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