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Miércoles 24.09.2008, 20:54 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

[EDITORIAL]

Aniversario

El jueves pasado se cumplieron 37 años del incendio del Estudio Auditorio del Sodre, un desastre cultural que en la historia de esta ciudad se sumó a la destrucción por el fuego de otros grandes teatros (el Cibils de la calle Ituzaingó, el Politeama de Colonia y Paraguay). Lo grave del caso fue que ninguna de esas otras salas había cumplido el servicio múltiple del Estudio Auditorio, un recinto que hasta 1971 albergó temporadas sinfónicas, líricas, coreográficas, camerísticas, teatrales y cinematográficas. Honorablemente, el Estado uruguayo supo durante cuatro décadas respaldar la actividad de ese espacio, sensibilizando al público montevideano, mejorando los cuerpos estables del instituto y estableciendo con la concurrencia un vínculo que el paso del tiempo se encargó de afianzar. La sala de Andes y Mercedes, que se había inaugurado gracias a la iniciativa privada en 1905 bajo el nombre de Teatro Urquiza, pasó luego al ámbito oficial y se convirtió así en el mayor centro de irradiación de las artes escénicas, musicales y fílmicas que tuvo el país en toda su trayectoria.

Sólo el fuego pudo detener ese curso artístico, con la ironía de que en este caso las llamas no encendieron sino que apagaron un foco generador de valores culturales. Lo llamativo, que convierte el ejemplo del Sodre en una calamidad sintomática y no casual, es que el incendio de 1971 se produjo en momentos en que muchos otros impulsos de la cultura uruguaya iban cayendo bajo una crisis que comenzó siendo económica, pasó luego a ser social y laboral, creció hasta quebrantar la estructura política y desembocó finalmente en un funeral de las instituciones nacionales. Lo que entonces no se sabía es que la reconstrucción del Sodre iba a demorarse a través de casi cuatro décadas, una barbaridad que en más de un sentido ilustra el papel que la casta dirigente del país otorga a los asuntos culturales. Desde entonces hubo altibajos en el kilométrico proceso de recuperación del Estudio Auditorio, hubo un llamado a concurso entre arquitectos nacionales, hubo un comienzo de obras, hubo interrupciones y postergaciones, mientras el viejo público del Sodre seguía esperando.

Hubo Consejos Directivos del instituto que hicieron notorios esfuerzos por impulsar los trabajos de reconstrucción, pero lo que faltó fue una verdadera voluntad política de parte del poder para dar apoyo a esa iniciativa y permitir que la empresa culminara. A fines de los años 70, por ejemplo, el diario El País tuvo algo que ver en una propuesta acompañada por un estudio de arquitectura, que consistía en volver a levantar la sala tal cual había sido. Se mantuvieron entrevistas con la ministra de Educación y Cultura de la época y se contó en principio con la aprobación de esa autoridad. Pero el Poder Ejecutivo se interpuso, señalando que no debía ser la iniciativa privada sino el Estado quien tenía que tomar en sus manos el plan, con lo cual la propuesta resultó cancelada. De hecho, lo que hizo luego el Estado fue demoler lo que hasta entonces había seguido en pie después del siniestro de la famosa esquina. Y así crecieron árboles y matorrales en el baldío de Andes y Mercedes.

De manera igualmente emblemática, ese abandono refleja otras indiferencias de este medio cuando se trata de considerar los requerimientos de la cultura. En los años 50, cuando se remodeló en el Parque Rodó lo que entonces era el Museo Nacional de Bellas Artes, las obras se estiraron durante toda una década, a través de la cual ese museo permaneció cerrado. De manera similar, y ya en épocas más difíciles, la Escuela Nacional de Bellas Artes estuvo clausurada por largo tiempo y hasta la Escuela Municipal de Arte Dramático interrumpió su funcionamiento durante varios años. Eso enseña que en estas materias el Uruguay es bastante inmodificable y por lo tanto es necesario cuidar lo que existe, porque si llega a perderse puede exigir largo tiempo su insegura recuperación.

Ahora que se acerca la celebración del Día del Patrimonio, y teniendo en cuenta que los trabajos en Andes y Mercedes se han puesto nuevamente en marcha, el aniversario de la destrucción del Sodre adquiere doble importancia. Al hablar de valores patrimoniales, es preciso mantener viva la energía con que debe defendérselos y la determinación colectiva para recobrar los que han quedado por el camino, entre los cuales figura en primer plano la gran sala oficial que se ha hecho esperar tanto. Ahora hablan de que podría inaugurarse el año que viene, pero quienes han seguido desde 1971 este dilatado proceso, necesitan ver para creer.

El País Digital

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