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Nada le ha hecho más daño a América, que los americanistas", sentenciaba hace un tiempo un destacado periodista español que visitaba Uruguay. La frase se puede aplicar perfectamente para lo que está sucediendo hoy en Bolivia, y especialmente en referencia a la reacción de la comunidad internacional en torno al tema.
Es que la violencia que estalló días atrás en el departamento de Pando, una de las regiones "autonomistas" que más ha resistido los procesos de reforma de Evo Morales, parecen ser sólo la punta del iceberg del conflicto. Un conflicto que va mucho más allá de los simplismos y delirios conspiratorios que tanto gobernantes regionales, como algunos medios de prensa, han querido ver como raíz del problema.
Se sabe que desde que llegó al poder, Evo Morales enfrentaba un reto difícil. Lograr impulsar un proceso de reformas que dieran protagonismo político y reivindicaciones sociales a una gran masa de la población de raíces indígenas (o pueblos originarios, como prefieren ser llamados), que pese a ser amplia mayoría, llevan siglos de postergación y pobreza. El gran problema era lograr llevar adelante ese proceso, contemporizando esas reformas con otro amplio sector de la población (que va más allá de un puñado de familias oligarcas y racistas) que no siente como propios esos postulados de origen étnico, y que cuentan con un fuerte grado de movilización. Se trataba desde el inicio de un desafío complejo, que muchos sólo hallaban comparable al que enfrentó Nelson Mandela al asumir el poder en la Sudáfrica post apartheid.
Lamentablemente, el proceso boliviano se vio presa de los extremismos de un lado y de otro. Extremismos que tuvieron su epicentro en la Constituyente que redactó la nueva Carta magna boliviana, la cual después de meses de violentos debates, y tras el abandono de muchos constituyentes (casi la mitad) debió ser votada en un cuartel militar, y cuya ratificación, fijada oficialmente días atrás para enero, haya sido probablemente el disparador de esta ola de violencia.
Es que el texto aprobado resulta una obra un tanto bizarra, en la que mezclan conceptos jurídicos actuales, con referencias permanentes a institutos y formas de organización precolombinas y declaraciones de intención de dudosa aplicación. Por poner ejemplos, se da la calidad de sujeto de derecho a la "pachamama" como entidad cósmica suprahumana, se consagran diferentes formas de justicia local con poderes inapelables de jurisdiccionalidad, y en general se pretende instaurar un régimen de comunitarismo radical, basado en una visión tan romántica como poco creíble del período del "Tihuantisuyo".
Todo esto sonará muy lindo en teoría, pero está lejos de ser un paso gradual, capaz de lograr consensos en una población polarizada. Una polarización a la que la comunidad internacional no parece estar ayudando mucho. Ni con la visión muchas veces demasiado complaciente (y con indudable sentido de culpa) de muchos países europeos, ni con el maniqueísmo burdo de otros que plantean el tema como una lucha romántica del paladín del pueblo contra un puñado de racistas. En ese marco, la pomposa cumbre de Unasur desde Chile (nada menos) no parece que haya agregado mucho más que palabras bonitas.
Esto no es tan fácil como un choque entre ricos y pobres, o indios y blancos, es sobre el camino a futuro que enfrenta ese país multiétnico. Hay que dejar en claro que Morales tiene todo el derecho a llevar adelante las reformas a las que lo habilitan sus legítimas mayorías. Pero no se puede pretender obligar a una parte importante de la población a volver al dudosamente idílico mundo precolombino, sin protestar.
Un párrafo especial merece la actitud de Chávez, quien con su habitual delirante agresividad, se ha puesto en paladín de una causa que no es la suya, y que embarra la cancha y trata al mandatario boliviano como su hermanito menor. No está demás preguntarse si esta hiperactividad de Chávez, insultando a EE.UU., expulsando embajadores, y amenazando con intervenir militarmente en un país independiente, no tiene vinculación con la crisis económica que vive Venezuela, agravada por la caída del precio del petróleo.
Si bien a esta altura está claro que Morales no es el Mandela que muchos soñaban, es de esperar que logre sobreponerse a los radicalismos de ambos bandos, a las injerencias externas, y consiga encauzar sus reformas y desactivar el polvorín que es hoy Bolivia.
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