LEONARDO GUZMÁN
Más que cumplir 90 años, sentimos que El País vive su nonagésimo aniversario. No es lo mismo. Los números cardinales suman en abstracto; en cambio, los ordinales expresan sucesión. No perdamos la diferencia: nada es más irreductible a cifra abstracta que lo humano, asunto del cual la prensa es a la vez protagonista, testigo y reflejo. Porque somos personas, no hay dos días iguales; y, por tanto, los 90 años son otra cosa que la suma de 32.872 jornadas.
La agenda homogeneiza nuestros minutos sólo en apariencia. De una acción a la siguiente, cambiamos tema, contexto y hasta clima interior.
Con los diarios pasa lo mismo: formatean el ayer y el pronóstico, pero cada noticia se convierte en semilla de lo imprevisible. Sin juego de palabras, redactores y lectores sienten al diario como sucesión de sucesos y flexión de reflexiones.
En 1918 imperaba el telégrafo en código Morse. No había radio. Ni se soñaba Internet, hoy de entrecasa.
El País salió a la calle cuando terminaba la Primera Guerra Mundial y ya no habría de regresar el mundo del ayer.
Un año y cuatro meses antes había muerto José Enrique Rodó y cinco meses después entraba en vigencia la Constitución de 1919, fruto del acuerdo en la Asamblea Constituyente tras la derrota, el 30 de julio de 1916, del primer proyecto batllista de colegiado.
El País surgió para dialogar con gigantes, entre los cuales Batlle y Ordóñez era cabeza descollante pero no única. Desde el actual Uruguay Mujica-Tourné, pensemos con dolor que en las pocas cuadras del Montevideo de entonces enseñaban ¡a la vez! Luis Alberto de Herrera, Baltasar Brum, Domingo Arena, Juan Zorrilla de San Martín, Carlos Vaz Ferreira, Emilio Frugoni, Carlos Roxlo y tantos más. Fue entre esas almas que resolvieron erguir las suyas los jóvenes Leonel Aguirre, Washington Beltrán y Eduardo Rodríguez Larreta. Hoy las nuevas técnicas de información, la facilidad para trasmitir imágenes y el crecimiento comercial inducen a olvidar el hálito fundador y la esencia inspiradora que deben tener los medios de difusión.
De ese olvido trivial debemos rescatar la luz moral de viuda e hijos de Washington Beltrán, tras su martirio: hace décadas escribimos en El Día que esa luz era ejemplo de respuesta espiritual ante la tragedia; y seguimos sintiéndolo tal.
De ese olvido debemos salvar también el fermento republicano de la Doctrina Rodríguez Larreta, que afirmó hace más de 60 años el paralelismo de la paz con la democracia.
Veinte semanas después de fundado El País, el 1º de marzo de 1919, entró en vigor el art. 173 (hoy, con leve variante, art. 72) del nuevo Texto Magno: "La enumeración de derechos y garantías hecha por la Constitución, no excluye los otros que son inherentes a la personalidad humana o se derivan de la forma republicana de gobierno."
Allí el Uruguay declaró para siempre que el hombre es el fundamento de la Constitución.
Ese concepto luminoso lo opuso la República a los totalitarismos antes que nacieran. Después, los vio caer de a uno.
Hoy contra el hombre no se alza tanto el poder público como los tentáculos impersonales de la inseguridad, los "sistemas" y la "pertenencia", todo ello cultivado en caldos de miedo a drogadictos y degenerados.
Ha de ser nuestra responsabilidad derrotar esos nuevos peligros, afirmando a la persona con el mismo vigor de los fundadores ante cuya memoria nos inclinamos, en el nonagésimo aniversario de El País.