MARCELLO FIGUEREDO
Hubo una vez un país que había bebido tanta nostalgia de la noche de su pasado que, cuando por fin amaneció el presente y se sacudió la resaca al sol, decidió no embriagarse de recuerdos nunca más. Fue tan histórica aquella jornada en que sus hombres y mujeres declararon írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre todos los actos de añoranza, que la pintaron de rojo en el calendario y hasta hoy la celebran como fecha patria.
Desde entonces, los habitantes de aquel país pasan la víspera de ese feriado en vela y se obligan a hacer planes de futuro. En las escuelas, los niños escriben composiciones imaginando el mundo que vendrá; en los liceos y universidades, los jóvenes organizan actos en los que leen plataformas para un mañana mejor; las radios programan música del año entrante, los diarios publican noticias del día siguiente y los canales de televisión entretienen a su audiencia revelando descubrimientos venideros.
Desembarazados de su vieja vocación por el pasado y empeñados en tomar las riendas de su futuro, los hijos de aquel país son ahora mejores ciudadanos. Pagan sus impuestos pero exigen a las autoridades que den cuenta de lo que hacen con su dinero. Cuidan sus fachadas y veredas, pero le plantan juicio a los municipios cada vez que éstos incumplen con sus obligaciones. Ya no votan a políticos demagogos, como hacían sus padres, abuelos y bisabuelos, sino a candidatos con credenciales para el cargo al que se postulan e ideas claras y concretas sobre el destino de la nación.
En las oficinas públicas, los empleados están al servicio de los contribuyentes, a quienes siempre atienden con una sonrisa; y en las empresas privadas, han dejado de premiar con más trabajo a quienes hacen bien las cosas y hasta se atreven a poner de patitas en la calle a quienes no hacen bien las suyas.
El transporte y otros servicios funcionan como dios manda. La gente ya no pasa frío esperando el ómnibus en la parada más tiempo del debido, los taximetristas son amables con sus pasajeros y las centrales telefónicas de los servicios públicos han reemplazado los impersonales contestadores automáticos por simpáticos empleados que responden en tiempo y forma. En todos los ámbitos de la vida nacional, las obligaciones son consideradas algo tan importante como los derechos.
La limpieza está mejor vista que la mugre, y la puntualidad es considerada una virtud, no un defecto. Hablar mal en público es un demérito, y nadie lo festeja como una gracia. Los científicos brillantes tienen más prensa que los deportistas mediocres, y los artistas gozan de mayor prestigio que diputados, senadores y ministros.
Por cierto, nadie ha perdido la memoria, pero todos la cultivan como un ejercicio saludable y constructivo, no como un tic regresivo y esquizofrénico.
Está bien: me rindo. A fin de cuentas, como dice Joaquín Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Viva la Patria. Y que les sea leve.