LEONARDO GUZMÁN
Músicos suspendidos de Adeom por negarse a dañar al Solís con la frustración de Il Trovattore.
Dirigente gremial que busca acallar a Federico García Vigil por defender la dignidad de la plaza artística de Montevideo.
Paro general.
Recuento oficial de insectos y roedores, para, según el resultado, atreverse o no a declarar que recolectar la basura es esencial.
Y así sumamos desgracias, recortadas estos días sobre un trasfondo olímpico que ya no es perfección del espíritu moldeando al cuerpo para alegría y ejemplo de los estadios: es apenas montaje de robots cuya técnica -o anorexia- queda a distancia sideral de las pulsiones del deportista común.
Si a esta vida la llamamos humana, ha de haber un error.
Porque los imperativos del arte -lo mismo en gesto sinfónico que murguero, en el proscenio que en la taquilla- no pueden reducirse a úkases gremiales.
Porque discordar es la esencia de la libertad y es la semilla de las mayorías que la reflexión ha de transformar.
Porque el paro general por lucha de clases ya era anticuado cuando Isolina Núñez abría su radioteatro con La Forza del Destino; y cincuenta años después, es un recurso inútil para pulsear con la asociación de todos, que sigue siendo el Estado.
Porque es repugnante hasta lo trágico que un servicio público municipal monitoree la densidad de las alimañas, para que, según venga el conteo, su autoridad responsable se avenga a mandar recoger la basura o no.
Y porque los Juegos Olímpicos nacieron para que la psiqué -el alma- vitalizara lo humano por encima de las guerras, y no para un circo vacío y ajeno ante un mundo indiferente.
Esta retahíla de desgracias -nacionales las primeras, global la última- resultan de décadas dominadas por doctrinas que niegan el valor de la inspiración, el sentimiento de norma y el ideal con mirada alzada. Eso es lo que hace que en nombre del gremio se ignore las reglas del arte y quiera acallarse a quien las defiende; eso es lo que está en la base de la lucha de clases; eso es lo que busca que la estadística decida si dejar de convivir con la mugre, en vez de la cruza del asco con el imperativo.
Si hacemos del conflicto el dios de la familia y la historia, hincándonos ante su altar en vez de resolverlo como la desgracia que es, si todo se mide por funcionalidad inmediata y nada levanta la mirada, pues entonces retrogrademos en la escala darwinista, acallemos la náusea ante los contenedores llenos y pongamos la voz preciosa de una chinita en el rostro vendedor de otra. No realcemos lo auténtico: falsificado queda más lindo.
Esa marcha ramplona no nos colma. Por eso, resurge el hambre de valores que nos devuelve a la gran vía del espíritu: la admiración.
Nos vuelven los maestros, no para recibir pleitesía póstuma sino para enseñar principios. Se siente que un Vaz Ferreira hace falta. En el aula o a solas, se vuelve a leer a los clásicos. Se multiplican las biografías admirativas, como la excelente que el Dr. Ricardo Pou Ferrari acaba de consagrar al médico-maestro-filósofo Juan Pou Orfila. Renace el interés por la norma. Tras el desorden materialista, desde la nitidez de conceptos y principios, recupera el ser humano su angustia por los ideales, que es su identidad.
Por encima de fracturas, nos amanece por dentro.
Y siempre fue así que reempezó todo a higiene pública, ¿cuestión de sólo encuestar sensaciones, cuando de térmicas pasan a olfativas? La idea de roña debe repugnarnos.