LEONARDO GUZMÁN
Si bajo un partido tradicional, se hubiera divulgado que un Banco extranjero anduviese manejando un informe elogioso para la gestión del gobierno y despectivo para los candidatos opositores, ¡qué escándalo institucional se habría armado!
En los grandes tiempos de nuestra democracia, una explicación como que las calificaciones corren por cuenta de los autores del dictamen o son ajenas al Banco que las compró, habría ido a la papelera sin copiarse. Y ya la considerasen gafe o intrusión, hombres de la talla de Luis Batlle, Martínez Trueba, Washington Beltrán o Heber la habrían colocado en su lugar, sin necesidad de que se lo pidiera nadie.
Hoy, en gobierno montado sobre gritos antiimperialistas, ha debido salir el senador Larrañaga a condenar la valoración político-electoral publicada con membrete financiero. Muy bien hecho: vivificó una tradición nacional de orgullo, asociada lo mismo a la soberanía de la República que a la conciencia del elector.
El episodio alecciona.
Puso sobre el tapete la creciente moda subterránea de encargar análisis de coyuntura, para uso íntimo de instituciones a las que no les importa tanto influir como adivinar en qué cancha va a caer la pelota.
Colocó a la vista cómo las conclusiones meramente descriptivas basadas en suposiciones científico-sociológicas se manejan no sólo al divulgar ruidosamente encuestas encargadas por actores políticamente comprometidos sino también bajo el palio aséptico y recoleto de Bancos u otros sigilosos.
Y ahí está la piedra de toque, por cuanto hay un bien en saber y prever, pero hay rebaja de la gestión de los ciudadanos, y por eso un mal, cuando la atención se fija en qué diantre han de opinar los otros en las urnas, en vez de concentrarse en los argumentos por los cuales cada uno aprueba o rechaza la gestión que está o la propuesta que se esboza.
Para las conciencias libres, cada elección debe ser mucho más una cuestión de decisión que de pronóstico. Eso dejó de verse claro cuando se abandonó la matriz de la persona ansiosa por realizar ideales, sensible al sueño y el aguijón de lo que debe ser, y en su lugar se colocó el molde indiferente de la descripción, comunicando sistemas, opinión pública y mecanismos de adaptación.
El asunto no es doméstico sino internacional. Por algo recién en su última edición -la vigésimo segunda- el Diccionario de la Real Academia recogió del habla de España el adjetivo coloquial "pasota", que define al "indiferente ante las cuestiones que importan o se debaten en la vida social, frecuentemente por hostilidad a ésta". Ese "indiferente" es producto del estupor ante lo valorativo y de la reducción del hombre a espectador sin compromiso: tiene mucho que ver con la caída del civismo y hasta con la abulia con que se manejan capítulos enteros de la vida universitaria -ejercicio del Derecho incluido.
Por todo eso, el deber de la hora es cimentar la fe en los ideales y reunir la pasión por la libertad con el ardor por la justicia. Eso no lo responderá ninguna encuesta voceada o susurrada sobre lo que ES. Lo dirá la meditación profunda sobre lo que DEBE SER. A ella tenemos que llamarnos.
Dicho sea ante la designación del Padre Mateo para el INAU. Sin tomar nuestros orígenes como tabiques, sin dividirnos por credos ni excluir a los religiosos: el liberalismo es institucionalidad persona a persona. Y la persona es la que piensa por sí.
No lo que dicen qué opinan los otros.