LEONARDO GUZMÁN
Demacrada hasta la caquexia. Perfección operativa para rescatar a los quince. Pero no nos distraigamos: lo esencial es que en Ingrid Betancourt triunfó la libertad. Fue en Colombia, tierra culta donde el Derecho se estudia y rige pese a 40 años de calvario guerrillero. Es ciudadana de Francia, donde la libertad se pulió para esparcirse por el mundo. Nos alivia a todos: hasta a Hugo Chávez, que, semanas después de insultarlo, felicitó a Uribe.
El episodio es de tragedia clásica, por poner a todos ante deberes extremos, en el límite entre la esclavitud y la libertad. La libertad es pacto de convivir resolviendo las diferencias por razones. Exige un yo superior, capaz de coordinar los apetitos por encima del interés inmediato del mí. Implica un alto yo-soy-tú.
Ese pacto comenzó a soñarse desde que Platón reflexionó sobre Sócrates. Su proyecto fue retrasado siglos por persecuciones, torturas, horcas y hogueras. Y una vez impuesta la libertad como ideal, ha resurgido una y otra vez la tentación de fanatismo, victimando por igual a figuras señeras y anónimos.
En otras épocas, se mandaba al tormento a pretexto de defender mitologías religiosas. Miguel Servet, descubridor de la circulación de la sangre y lector crítico de los dogmas, fue perseguido desde tiendas católicas y terminó infamemente ejecutado en 1553 por un tribunal ginebrino al que lo sometió Calvino. En su sentencia dijo que, porque "su libro" "contraría a las Escrituras" y contiene "blasfemias contra Dios y la sagrada doctrina evangélica" "te condenamos, M. Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo".
Desde el siglo XX las persecuciones, los encarcelamientos, los secuestros, los asesinatos mayores y el crimen global de la guerra se han desatado en nombre de mitologías que ya no se presentan como religiosas sino como políticas. Se justificó lo atroz por la superioridad de la raza, según Hitler y sus imitadores del apartheid sudafricano; por el fortalecimiento de las naciones, según Mussolini y sus remedos hispanoamericanos; por el triunfo de la clase proletaria, según los afines asiáticos, europeos y latinoamericanos de Josif Visariónovich Dzhughasvili, que se hacía llamar Stalin -hecho de acero.
Intelectualmente se puede entender la estructura de sus extravíos, pero a ninguno se le puede aceptar su olvido de la persona.
Se puede describir con minucia las ideas del nazi-fascismo y disecar objetivamente las bases "científicas" de la violencia. Pero si en la descripción, las emociones se obturan y el alma se hiela, se cae en la demencia del campo de concentración, que duele igual si quienes lo montan se sienten gobierno o revolución.
De todo esto, el Uruguay hizo experiencia.
La emoción por el fin de la infamia para 15 secuestrados se nos recorta sobre el recuerdo de "cárceles del pueblo", de desaparecidos y de conciencias luminosas como la de Jorge Sapelli, el Vicepresidente cuya figura se evoca estos días por opositor a la dictadura de Bordaberry y a quien nosotros acompañamos y homenajeamos siempre.
En Ingrid Betancourt revivimos, pues, la imagen de lo que hemos sufrido por defender la libertad. Que siempre valdrá más que las causas que, en nombre de lo que sea, osen alzarse contra ella.