El presidente Bush se equivocó. En Irak, como se
sospechaba desde hace unos meses, no hay
armamento de "destrucción masiva", cuya existencia
fue la principal razón invocada por la Casa Blanca para
lanzar su fulminante ofensiva contra Irak en marzo de
2003.
¿Cómo pudo ocurrir un error de esa naturaleza?
George W. Bush construyó su error con varios
elementos objetivos y subjetivos cohesionados por
una cierta visión estratégica. Entre los objetivos
estaban los informes de los servicios de inteligencia
norteamericanos que apuntaban en esa dirección.
¿Por qué erraron los espías y analistas? Porque
partían de una previa historia de engaños. Entre 1981 y
1991 Saddam Hussein fue capaz de llevar adelante en
forma clandestina un proyecto de desarrollo de armas
nucleares que los inspectores de la Agencia
Internacional de Energía Atómica de la ONU sólo
consiguieron encontrar después de la Guerra del Golfo
(1991). Por otra parte, no había duda de que Irak
poseía —o había poseído— armas químicas y
biológicas, puesto que las había utilizado para
asesinar kurdos y chíítas en el pasado.
A este panorama se agregaban otros datos
inquietantes: los servicios de inteligencia occidentales
sabían de científicos iraquíes que solicitaban y
obtenían de Saddam grandes cantidades de dinero
para, supuestamente, emplearlo en la investigación y
desarrollo de este tipo de armamento. Lo que
averiguaron recientemente, con una mezcla de
sorpresa y estupor, es que esos experimentos se
trataban, en realidad, de estafas al dictador dentro de
un ambiente de corrupción generalizada que
comenzaba con Saddam y su familia y se prolongaba
hasta el último burócrata del gobierno.
Los factores subjetivos que desorientaron a Bush son
también bastante evidentes. El ataque contra Estados
Unidos perpetrado por Al Qaeda el 11 de setiembre de
2001 dejó en la Casa Blanca y en el Pentágono un
temor justificado a una agresión nuclear perpetrada
por terroristas vinculados a algún Estado de los
calificados como "locos". ¿Podía alguien dudar de lo
que hubiera hecho Bin Laden de haber poseído una
bomba atómica? Si Saddam Hussein, un aventurero
audaz, se había atrevido a invadir Kuwait,
probablemente como prólogo a su soñada marcha
sobre Arabia Saudita, ¿cómo excluir que utilizara
armas nucleares contra el enemigo norteamericano o
que las pasara a una banda fanática? Y si a estos
razonables temores se sumaba el intento iraquí de
asesinar a Bush padre, acto que inevitablemente
agregaba un humano componente de inquina
personal contra quien lo había ordenado, es fácil
percibir el origen del error: el presidente Bush quería
ver y veía armas de destrucción masiva en Irak.
El factor intelectual que reforzaba esa postura y le
concedía, además, categoría de visión estratégica, era
la hipótesis de los teóricos norteamericanos que
alegaban que ésa y otras regiones del mundo
islámico, como consecuencia de la Guerra Fría y de la
protección de los soviéticos, durante décadas se
habían comportado irresponsablemente. Libia había
hecho estallar aviones comerciales en pleno vuelo.
Siria, Irak e Irán alimentaban bandas terroristas que
hacían imposible la pacificación de Palestina. Sudán
era un nido de siniestras organizaciones terroristas en
donde se daban cita todos los psicópatas del planeta.
El uso contundente de la fuerza contra Irak acaso
lograría poner orden en el manicomio. Ese
aleccionador cambio de régimen, sumado a la
proclamación pública de la determinación
norteamericana de desencadenar guerras preventivas
para proteger la integridad potencialmente amenazada
de Estados Unidos, podía modificar el comportamiento
de los vecinos de Bagdag. Tesis que no pareció muy
descaminada a partir de la súbita arcangelización de
Gadaffi y de ciertos síntomas esperanzadores que se
observan en las sombrías dictaduras siria y
norcoreana.
Bush, pues, tenía todas las piezas del rompecabezas
para armar la guerra: los informes, la voluntad
subjetiva y la justificación teórica. No es extraño, pues,
que se precipitara en esa dirección. Mucho más
incomprensible, en cambio, fue la conducta de
Saddam Hussein. Este sórdido personaje sabía que
no tenía armas de destrucción masiva, pero actuaba
sospechosamente, como si las tuviera, cuando lo más
sencillo era haber cooperado cien por ciento con
Naciones Unidas, como acaba de hacer Gadaffi, y lo
más probable es que todavía continuaría en el poder,
para desgracia de los pobres iraquíes.
Pero donde el comportamiento de Saddam llega al
absurdo total, es cuando ya sabe, treinta días antes del
comienzo de la guerra, que Estados Unidos va
atacarlo, y en lugar de buscar desesperadamente la
forma de evitarlo, o, al contrario, en vez de preparar una
defensa heroica y morir como mártir del Islam, saca
del país varios camiones de dólares y oro, da la orden
de que no ofrezcan resistencia y se esconde en una
ratonera.
¿Por qué hizo una cosa tan estúpida? Mi hipótesis es
que había montado su autoridad de una manera tan
rígida e inflexible que no era capaz de dar un paso que
pudiera ser calificado como cobarde o indigno ante su
aterrorizada cúpula dirigente. Se quedó paralizado
dentro del personaje que él había construido de sí
mismo. A Bush lo perdió la racionalidad. A Saddam, la
fiera imagen de caudillo indomable con que había
sojuzgado a los iraquíes durante muchos años. Esta
no es solo una cuestión de políticos y militares. Que
vengan los psiquiatras.
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