Asistí el sábado por la mañana a una reunión de la
llamada Comisión Delegada de la Convención, en la
casa del partido. Lamentablemente, llegué algo tarde y
tuve que retirarme antes de su finalización, en parte por
mis obligaciones con esta casa periodística. No
obstante ello, pude presenciar un intercambio de
opiniones sobre la realización de elecciones —a
celebrarse el próximo siete de setiembre— entre los
jóvenes que se han afiliado y se seguirán afiliando a
nuestra colectividad. Ello, natural y lógicamente, a fin
de elegir democráticamente sus autoridades, de modo
de actuar con organicidad y de tener presencia y voz
dentro de la estructura de autoridades partidarias.
Como era previsible, ese cambio de ideas no fue
como los de Haedo con Herrera. Aquél, según él
mismo contaba con sentido del humor, salía hacia la
quinta de la calle Larrañaga con sus ideas... y volvía
con las de Herrera. Nada de ello ocurrió anteayer en la
señorial casona de la Plaza Matriz. Cada uno fue con
sus opiniones sobre dicha cuestión y, por supuesto,
no las modificó un ápice. Se mantuvo en sus trece.
La discrepancia radica en lo siguiente. Mientras el
Presidente del Directorio —y el Herrerismo— abogan
por realizar dichos comicios, los otros dirigentes y
sectores, casi todos ellos al parecer, no los quieren
celebrar, so pretexto de que conducirán a una especie
de adelanto de las elecciones internas —previas a las
nacionales de octubre del 2004—, con su posible
carga de confrontación doméstica, así como a la
sectorización de nuestros jóvenes. Quienes, por
encima de todo, quieren ostentar su sola condición de
blancos, sin identificarse con grupos, grupitos ni
grupúsculo alguno.
No se entiende muy bien este último argumento. Y no
se lo entiende por que, acto seguido de que dicha
tesis fuera expuesta, se solicitó la lectura de una carta
dirigida al Directorio, croe, por un conjunto de nuevos
nacionalistas —nuevos por sus pocos años—
quienes, en correcto y mesurado lenguaje,
prácticamente notificaron su decisión de marginarse
de tal elección. Y, a renglón seguido, por supuesto
firmaron. Pero no en su sola y enaltecedora condición
de jóvenes blancos, sino identificándose, cada uno de
ellos, con el movimiento equis, con la agrupación tal
por cual o con la lista 10.000 digamos.
¿En qué quedamos, entonces? Rechazan una
elección so capa, entre otras cosas, de que puede
conducir a la sectorización, y resulta que ya, antes de
enfilar para las gateras cívicas, están sectorizados.
Claro que no los critico por ello. En alguna corriente
partidaria, tarde o temprano, hay que militar. Pero
advierto que es ilógico alertar contra los riesgos o los
males de la sectorización, por parte de quienes no son
ajenos a ese fenómeno más o menos inevitable.
Ya se han afiliado, se informó, unos siete mil
muchachos y muchachas. Y seguramente terminarán
siendo más de diez mil. No son pocos por cierto. Y
significarán un muy importante factor dinamizador de la
vida partidaria, si en verdad militan en serio y si se les
da lugar propio en la estructura orgánica de la
colectividad como ya se ha dispuesto, reforma de la
Carta Orgánica mediante.
Ahora bien. ¿Cómo van a actuar esos miles de jóvenes
y gravitar en la vida partidaria? ¿Por intermedio de un
órgano representativo de todos ellos, cuyas
autoridades se elijan sufragando todos los afiliados, o
en forma inorgánica, como una masa informe, casi
anárquica? Véase que, si no se eligen
democráticamente sus autoridades, o sea votando, si
no se funciona orgánicamente, inevitablemente se
caerá en la segunda opción, cuya inconveniencia es
obvia.
La identificación con sectores nacionales del partido
—y con sus líderes— es evitable mediante una
reglamentación que no autorice el uso de los
sublemas nacionales. Pero, aunque así no fuere, no
es propio de blancos negarse a ejercer el derecho a
votar limpiamente, por el que tanto y tan bien lucharon
nuestros antepasados. Vale la pena recordarlo hay, 17
de marzo de 2003, a ciento seis años de la gloriosa
victoria de Tres Arboles.